Julia Martin-Ortega, Ruth Bookbinder, y Joshua Cohen

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La mayor parte de la financiación para la protección de la naturaleza viene de fuentes públicas. Cada vez más, los gestores públicos, los conservacionistas y algunos académicos abogan por que, para alcanzar los objetivos climáticos y de protección de la naturaleza, es necesaria mayor inversión privada. Aquellos que apuestan por la inversión privada lo hacen con tanta fuerza y se están desarrollando tantas iniciativas, que esta llamada a la inversión privada (o finanzas verdes) empieza a parecerse a una especie de fiebre del oro. En esta carrera, sin embargo, algunos están ignorando riesgos importantes: los riesgos asociados con tratar la naturaleza como una mercancía intercambiable (por ejemplo, en forma de mercados de carbono y de biodiversidad). Se trata de riesgos bien conocidos en algunos ámbitos académicos e incluyen preocupaciones sobre el aumento de las desigualdades y la restricción del acceso a la naturaleza, el favorecer la venta de créditos de carbono por encima de evitar daños, o la disminución del interés por la conservación cuando esta no genere rentabilidad.
En esta investigación revisamos la estrategia de finanzas verdes del gobierno del Reino Unido y confirmamos que, efectivamente, esta ignora los riesgos de la mercantilización de la naturaleza. Encontramos que la estrategia enmarca abrumadoramente los riesgos en términos de cómo afectan a los inversores o al mercado, pero no de cómo la mercantilización pone en riesgo nuestra relación con la naturaleza. En general, parece existir una narrativa implícita a favor de la mercantilización. Considerando que los mercados de carbono y biodiversidad no están logrando avances significativos en términos de mejoras ambientales y que los llamamientos a las finanzas verdes no están siendo muy exitosos a la hora de captar fondos, nos preguntamos si no estamos arriesgando demasiado (esto es: los fundamentos de nuestra relación con la naturaleza) a cambio de muy poco.
Sostenemos que es necesario dedicar esfuerzos a abrir nuevos imaginarios y a experimentar y cultivar formas radicalmente distintas de relacionarnos con la naturaleza. Sugerimos que esas formas podrían basarse en restablecer una relación de parentesco con la naturaleza, en lugar de tratarla como una mercancía.